Cuando un celular ingresa a un proceso formal de reciclaje, su tratamiento es radicalmente distinto al desecho convencional. El proceso inicia con una clasificación técnica y desmontaje controlado, donde se identifican componentes reutilizables, materiales recuperables y residuos peligrosos. Esta separación temprana es clave para maximizar la recuperación de valor y minimizar riesgos ambientales.
Durante las siguientes etapas, materiales como cobre, aluminio, acero y pequeñas cantidades de metales preciosos se extraen mediante procesos mecánicos y especializados. De acuerdo con organismos internacionales, la recuperación de estos insumos reduce la dependencia de nuevas actividades extractivas, una de las fases más intensivas en consumo de energía, agua y emisiones dentro del ciclo de vida de la tecnología.
Los componentes que contienen sustancias tóxicas —como baterías de ion de litio, pantallas y ciertos circuitos— reciben tratamientos específicos para evitar filtraciones de plomo, mercurio u otros contaminantes. En un reciclaje certificado, estos residuos no se manipulan de forma artesanal ni terminan mezclados con basura común, como ocurre en canales informales.
Un elemento central del reciclaje formal es la trazabilidad del proceso. Esta permite verificar que el dispositivo fue tratado conforme a normas ambientales y que no terminó en vertederos irregulares o exportaciones sin control. De este modo, un celular que ya no puede reutilizarse se transforma en materia prima secundaria, reintegrándose a nuevas cadenas de valor industriales.
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