El hecho de que un celular siga encendiendo y funcionando no garantiza que conserve su valor comercial. En el mercado secundario, la depreciación está menos relacionada con el rendimiento inmediato y más con la proyección de uso futuro del dispositivo.
Uno de los principales detonantes de pérdida de valor es el fin del soporte oficial. Cuando un equipo deja de recibir actualizaciones de software o parches de seguridad, se incrementa el riesgo asociado a su uso, incluso si el hardware continúa operando correctamente. Para muchos compradores, esta falta de soporte limita el horizonte de uso y reduce la disposición a pagar.
Otro factor crítico es la opacidad sobre el estado interno del dispositivo. La ausencia de información verificable sobre la salud de la batería, el desgaste de componentes clave o posibles reparaciones previas genera incertidumbre. En el mercado secundario, la falta de datos técnicos confiables acelera la depreciación más que cualquier falla visible.
Además, ciertos modelos pierden valor cuando quedan desalineados con el entorno tecnológico actual: incompatibilidad con redes recientes, limitaciones para ejecutar aplicaciones actualizadas o restricciones de hardware que afectan el desempeño a mediano plazo. Aunque el equipo funcione hoy, su capacidad de mantenerse vigente es cuestionada.
Esto provoca una brecha clara entre funcionamiento real y valor comercial. Un celular puede cumplir tareas básicas, pero si no ofrece garantías sobre seguridad, soporte y durabilidad, su precio cae rápidamente. En el mercado secundario, la percepción de riesgo pesa más que el desempeño inmediato.